Dos hombres - dos casas

Había dos hombres, pero no eran iguales. Había dos casas, aparentemente iguales. Leemos de dos tempestades que también parecen muy iguales. Pero los resultados finales de estas dos tempestades eran muy distintos. ¿En qué consistió, pues, la diferencia entre los dos casos?

Jesús enseñó unas verdades muy importantes en el Sermón del Monte. Parece que él quería aclarar muy bien quiénes en realidad son de él y quiénes no lo son. Son pocos, dice él, los que entran por la puerta estrecha (Mateo 7:14). No es fácil. Hay los que dicen ser profetas pero el buen árbol se conoce por sus frutos (versículos 16-20). No entrarán todos los que dicen ser de él (versículos 21-23). Muchos dirán que son de él, pero oirán las palabras: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Después de predicarles muchas verdades y mandamientos, Jesús dice que la prueba viene a la hora de ponerlos por obra. No es el que oye solamente, sino el que oye y hace. Para demostrar esta verdad con más claridad, Jesús usa la historia que a muchos niños les ha fascinado, la parábola de los dos hombres que construyeron una casa. ¿Cuál es la verdad más valiosa que Jesús quiere declarar en esta historia? Algunos dirán que lo más importante es el fundamento sobre el que construimos la vida. ¿Tienen la razón?

En esta historia, Jesús emplea comparaciones y contrastes. Había dos hombres, pero no eran iguales. Había dos sitios en donde se podía construir, pero muy distintos entre sí. Había dos casas, aparentemente iguales. Leemos de dos tempestades que también parecen muy iguales. Pero los resultados finales de estas dos tempestades eran muy distintos. ¿En qué consistió, pues, la diferencia entre los dos casos? Diríamos que en el fundamento, ¿verdad? Un hombre construyó sobre lo firme y el otro sobre lo movedizo. Jesús aclara bien qué marcó la diferencia entre estos dos. El primero que construyó es comparado al que oye las palabras de Jesús y las hace. El otro que construyó sobre la arena es semejante al que oye sus palabras, pero no las hace. Lo que marcó la diferencia fue acatar o no las enseñanzas y los mandamientos de Jesús.

Los que oyen la Palabra de Dios pero no la obedecen, no entran por la puerta estrecha. Los que muestran frutos que no concuerdan con el carácter de Jesús, son los del árbol malo. Jesús desconoce a los que dicen: “Señor, Señor” pero no obedecieron su Palabra aunque la oyeron.

Amigo, la obediencia o la falta de ella es lo que finalmente determinará nuestro destino. No es cosa leve. No podemos negociar con Dios en estos asuntos. Las enseñanzas de Jesús son para nosotros hoy, y seremos juzgados según hayamos hecho. ¿Es usted de los que oyen y hacen, amigo lector? Así tiene un fundamento firme que aguanta la tempestad. Pero si usted es de los que oyen pero no hacen, su vida es como la casa construida sobre la arena y grande será la ruina. Decida hoy oír y obedecer, para que su vida esté sobre lo firme y seguro.

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