Quién no desea vivir bien y tener seguridad económica en esta vida? La lucha por ganar la vida para muchos es un verdadero desafío, y el sueño de prosperar se convierte en una gran motivación. El pobre desea ser rico y el rico quiere tener aún más.
Los negocios lucrativos y las ganancias fabulosas resultan carnadas muy atractivas. Se ofrece consejería, se escriben libros, y se publican anuncios en redes sociales sobre métodos de producción y mercadeo que garantizan mayor éxito económico. Muchas personas buscan títulos universitarios con la esperanza de obtener mejores ingresos. Incluso en el mundo de la delincuencia, uno de los primeros objetivos es conseguir grandes ganancias lo más rápido posible. Y aun en las iglesias hoy en día, se predica con entusiasmo el llamado “evangelio de la prosperidad”. En fin, entre todas las cosas que unen a la humanidad en un mismo objetivo, el amor al dinero parece ocupar el primer lugar. En cuanto al afán por obtener ganancias, algunos llegan a decir que no hay que retroceder ni siquiera para tomar impulso.
Así como hay muchas formas de buscar el éxito económico, también existen diversas opiniones, muchas de ellas contradictorias, con respecto al tema. Es uno de los asuntos más discutidos, pero donde menos se logran conclusiones claras. ¿Por qué es así?
Muchos en el mundo de hoy ven la pobreza como un mal que se debe combatir a toda costa. Algunos culpan a la corrupción política y a los abusos socioeconómicos como causantes de este mal y exigen reformas sociales para corregir esta situación. Otros consideran que la pobreza se debe a la mala administración de los recursos y a la falta de iniciativa personal.
Algunos creen que el cristiano debe evitar la riqueza, ya que el rico difícilmente se salva. Otros afirman que las riquezas no son malas en sí, sino que el problema está en amar al dinero o confiar en las riquezas. Además, como ya vimos, hoy existe la idea de que el cristiano, por ser hijo del Rey, tiene derecho a poseer riquezas. Sin embargo, la Biblia enseña claramente que, para quienes desean seguir el camino angosto que lleva al cielo, las riquezas pueden convertirse en trampa y lazo que debe ser motivo de mucha preocupación.
¿Qué enseñó Jesús sobre las finanzas? ¿Cuál es su perspectiva en cuanto a lo que ofrece el dólar, el euro, o el yen? Cuando él estuvo aquí en el mundo, ¿qué importancia les dio a los problemas económicos que prevalecían en su día? Si Jesús escribiera un libro sobre este tema, ¿qué escribiría? ¿Desde qué perspectiva abordaría su razonamiento?
Un análisis minucioso del contenido de las enseñanzas de Jesús revela que él alude al tema del dinero y lo material más que cualquier otro tema con la excepción del amor. En más de la mitad de sus parábolas, él usa ejemplos relacionados con las finanzas. Aun en todo el Nuevo Testamento se observan más enseñanzas con respecto a lo material que sobre el cielo y el infierno.
Antes de entrar en lo que Jesús enseña, debemos regresar al principio. Desde la creación, vemos que Dios dio los recursos materiales para el bienestar del ser humano, y para que los disfrutemos. Al terminar su obra creadora, la contempló y con agrado declaró “que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
A lo largo del Antiguo Testamento vemos que Dios muchas veces bendijo con bienes materiales a quienes lo obedecían. Abraham, Isaac, y Jacob son ejemplos de ello. En la ley de Moisés también se prometen bendiciones materiales como recompensa por la fidelidad (Deuteronomio 11:8-32). La misma ética de la ley de Moisés era propicia a la prosperidad. En Deuteronomio, capítulo 32, Moisés reafirma esto por medio de un cántico que Dios le enseñó. Dios le mandó que lo redactara y lo enseñase a Israel (Deuteronomio 31:19). Pero…
En el mismo cántico, Dios advierte que esas bendiciones podrían llevar al pueblo a olvidarse de él y rebelarse (Deuteronomio 32:15).
Esto levanta una pregunta importante: ¿Cómo es posible que algo que Dios da como bendición se convierta en un tropiezo? ¿Será que Dios se equivocó? La respuesta es clara: El problema no está en Dios, ni en los recursos materiales. El tropiezo provenía de la dureza del corazón del hombre, marcado por el egoísmo y los malos deseos.
Con el paso de los años aparece Juan el Bautista, predicando un mensaje fuerte llamando al arrepentimiento. Decía: “¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento … Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego” (Lucas 3:7-9).
Es probable que en la historia de Israel no se hayan nunca escuchado predicaciones tan poderosas como éstas. Los oyentes compungidos de corazón dijeron: “Entonces, ¿qué haremos?”
Es notable que muchas de las enseñanzas de Juan el Bautista enfocan los problemas socioeconómicos. Juan señala los problemas del egoísmo, la codicia, y la vanagloria del corazón que luego se manifiestan en los hechos. ¿Cuál era la respuesta a la pregunta que hacían cuando dijeron: ¿Entonces, ¿qué haremos? Primero dijo: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”. A los publicanos, cobradores de impuestos, respondió: “No exijáis más de lo que os está ordenado”. A los soldados les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario”.
En ese mismo tiempo Jesús empieza a predicar, reafirmando el mensaje de Juan (Mateo 4:17). Un día pasó junto al mar de Galilea y vio a unos pescadores ocupados en las labores diarias de su oficio. Entonces les dijo: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (véase Mateo 4:18-22). Ellos al instante dejaron su trabajo, lo que significaba su fuente de ingresos, y siguieron a aquel que ni siquiera tenía dónde recostar la cabeza.
En otra ocasión, Jesús subió a un monte, y sus discípulos vinieron a él. Allí les abrió el corazón y les enseñó las verdades acerca del Reino. También puso en perspectiva muchos de los asuntos y desafíos que todos enfrentamos en la vida. (Véase el Sermón del Monte en Mateo, capítulos 5-7 y otro sermón semejante en Lucas 6:17-49.) Resulta notable que Jesús dedicara más de una cuarta parte del sermón a temas relacionados con las riquezas y las necesidades económicas. A continuación, quiero hacer un breve estudio de este pasaje.
Tesoros en el cielo, la perspectiva de Jesús
¿A qué nos referimos con la palabra perspectiva? Se trata de la manera en que enfocamos y percibimos las cosas; es decir, es nuestro punto de vista con respecto a los asuntos de la vida. Por ejemplo, el pobre puede ver las riquezas como un sueño que anhela alcanzar. El rico, en cambio, puede considerarlas un derecho obtenido gracias a su esfuerzo e ingenio. Algunos ven las riquezas como la solución a todos sus problemas. Otros las ven de reojo, conscientes de que no logran nunca satisfacer plenamente, pues el que tiene, siempre quiere más. Para unos, las riquezas son una bendición de Dios y otros las rechazan como algo peligroso y dañino.
¿Cuál es la perspectiva de Dios respecto a las riquezas? Sabemos que, como recursos naturales, Dios las considera buenas, pues son fruto de su mano creadora. Sin embargo, cuando las riquezas se ven desde la perspectiva de la concupiscencia del hombre dominado por el egoísmo y la vanagloria, Dios las señala como un grave peligro. Nos advierte que fácilmente pueden convertirse en un ídolo y en una trampa engañosa para el corazón del hombre.
Vayamos a la Biblia al Sermón del Monte en Mateo, capítulo 6. Con un corazón dispuesto delante de Dios, analicemos atentamente lo que Jesús enseña. Allí aborda el tema de las riquezas y los dilemas económicos de la vida diaria. Por medio de diversas ilustraciones tomadas de la vida cotidiana y con palabras llenas de autoridad divina, Jesús expone con toda franqueza su perspectiva acerca de este asunto.
¿Recompensa de los hombres o de Dios?
Jesús, antes de abarcar el tema de las cuestiones respecto a las riquezas, nos amonesta a no procurar la alabanza y recompensa de los hombres, sino de nuestro Padre que está en los cielos (Mateo 6:1-18). Las recompensas de este mundo no son más que laureles pasajeros. Son tierra fértil para la codicia, la altivez, la vanagloria, y la envidia. Estas cosas provienen del mundo y no podrán nunca armonizar con el reino de Dios.
¿Tesoros en la tierra o en el cielo?
En seguida Jesús dice: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo… Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:19-21).
¿Qué quiso Jesús dar a entender con decir “tesoros”? Un tesoro por lo común se percibe como un objeto de gran valor. Pero, en contexto de este pasaje y otros similares de la Biblia, parece que Jesús se refería a un sitio donde se guarda algo seguro. Es decir, los tesoros serían los graneros donde se guardan las cosechas (Mateo 6:26; Lucas 12:18), los cofres en que se transportan cosas de gran valor (Mateo 2:11), o las bolsas en que se porta el dinero (Lucas 12:33). Jesús utilizó esta ilustración para describir algo muy personal del ser humano, el corazón.
¿Qué hay más personal e íntimo del hombre que su corazón? Jesús no se refería al corazón como el aparato circulatorio del cuerpo físico, sino al centro de su personalidad, su carácter, voluntad, y mente. El corazón es la fuente de nuestros motivos, pasiones, y conceptos. (Véase Jeremías 17:9; Mateo 15:19; 2 Corintios 3:15-16; Hechos 2:37.)
Dónde está mi corazón, ¿en la tierra o en el cielo? ¿Vivo como si mi morada permanente fuera en la tierra o ando como extranjero y peregrino aquí en la tierra? Como seres humanos, somos propensos a poner la confianza en las cosas palpables de la tierra. La cartera en el bolsillo, los depósitos bancarios, los negocios, y los bienes materiales reflejan la ambición de buscar vivir mejor en este mundo. Pero, aquí Jesús nos advierte a no hacer nuestros tesoros en la tierra. El único sitio seguro donde poner el corazón es el cielo.
¿Un ojo bueno o un ojo maligno?
Jesús dice: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas” (Mateo 6:22-23).
Aquí Jesús enfoca las causas y los efectos de lo que hay en el corazón. Él usa la ilustración del ojo para describir lo que produce el corazón. Entre más clara sea la vista, más exacta será mi percepción de las cosas. Por el contrario, si mi vista es defectuosa, mi percepción de las cosas será defectuosa. La vista defectuosa fácilmente me engañará y será causa de que llegue a conclusiones equivocadas y hasta desastrosas.
De la misma manera, si mi corazón está enfocado en el cielo, lo que contiene y lo que produce serán cosas buenas. Si se enfoca en la tierra, producirá cosas terrenales. Jesús confirma esto cuando dice: “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto… El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo malo” (Lucas 6:43-45).
Con esto quiero recalcar el hecho de que si mi enfoque está en cómo ganar más dinero o cómo prosperar en lo terrenal, así será el producto de mi vida. Mi corazón será tierra fértil para el engaño de las riquezas, la envida, la codicia, los negocios oscuros, el robo, y la vanagloria.
¿Dios o Mamón?
Jesús sigue diciendo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas [Mamón]” (Mateo 6:24).
Jesús describe a las riquezas terrenales como el dios Mamón. El nombre Mamón significa “firme o constante”. De ahí implica aquello en que se pretende confiar, lo cual es idolatría (véase Efesios 5:5). Jesús no clasifica como Mamón a los bienes materiales en sí, pues son recursos naturales que él mismo creó para nuestro bien. Pero, cuando el hacer dinero llega a ser mi afición y el objetivo de mi vida, y pongo en ello mi confianza, las riquezas llegan a ser un dios para mí. La Biblia llama esto avaricia o amor al dinero. Nos advierte que el que quiere enriquecerse caerá “en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas” (1 Timoteo 6:9).
Dios nos pide que lo amemos a él sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:30-31). Su reino no consiste en “comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). Es de carácter puro, pacífico, amable, benigno, lleno de misericordia y buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y sus ciudadanos siempre procuran la paz y siembran en paz para después cosechar en paz (véase Santiago 3:17-18.)
El Mamón es todo lo contrario. Exige de sus súbditos mentir, robar, y engañar. Poco le importa que otro sufra pérdidas económicas con tal de que el “YO” logre sus objetivos. Él esclaviza a sus siervos a la envidia, la codicia, la autoconfianza, y la vanagloria. Engaña a las personas haciéndoles creer que con él se obtiene satisfacción en la vida. Poco a poco les roba el corazón. Enreda a las personas en negocios oscuros y las obliga a transigir las reglas del reino de Dios.
¿El afán o en primer lugar el reino de Dios?
Como en conclusión a su mensaje sobre las riquezas, Jesús dice: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (Mateo 6:25). Después, en los versículos 33 y 34, concluye con el reto: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana.”
Con respecto al día de mañana, existen dos cosas sumamente perjudiciales a la fe en Dios. Son el afán por el futuro y el jactarnos del día de mañana (véase también Santiago 4:13-17). Estas actitudes, como la mala hierba, echan sus raíces en el corazón. El uno produce temor del futuro y enferma el corazón, y el otro concibe una soberbia abominable que infla al corazón con autoconfianza. El afán dice: “Señor, yo quiero”. La soberbia dice: “Señor, yo haré”. Pero, ¿cómo puede Jesús ser Señor de mi vida si el gran YO está en el trono? Por el contrario, la fe en Dios dice: “Si el Señor quiere” (Santiago 4:15) y “hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10).
¿Qué es la “justicia” del reino de Dios de que habla Jesús? Es todo lo que se exige de mí como ciudadano del reino de Dios. No basta con decir: “Señor, Señor”. Exige nuestro todo, aun nuestro dinero y nuestras decisiones en cuanto a las cosas materiales. Es negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz, y seguir a Jesús en toda nuestra manera de vivir.
¿Qué quiso decir Jesús con la palabra “primeramente”? En primer lugar significa “darle prioridad a lo que Dios pide de mí”. Es poner todo lo perteneciente al reino de Dios como mi primer deber en la lista de mis prioridades.
Hazte una lista de las metas que tienes para tu vida. Anótalas en orden de prioridad, no según tus ideales, sino según lo que en realidad practicas en la vida. ¿Se encuentran las cosas que pertenecen al reino de Dios y su justicia primero en la lista? ¿O aparecen primero en la lista ciertas metas terrenales?
Un día visité la capilla de una iglesia cristiana donde se había celebrado una campaña juvenil de oración. Los jóvenes habían pegado papelitos en un cartel con peticiones de oración. Había peticiones por una bicicleta, por un buen empleo, por dinero, y por una novia o un novio, entre otros. Pero, no aparecía ni una petición con respecto a la voluntad de Dios para su vida o para oportunidades de servir a Dios en su obra. Ninguna petición provenía de un corazón en el cielo, sino en la tierra.
“Primeramente” también implica “orden de tiempo”. Algunas personas que Jesús mandó que lo siguieran, respondieron: “Señor, déjame que primero vaya… Señor, pero déjame que me despida primero…” (Lucas 9:59-62). Por el contrario, cuando Jesús llamó a los pescadores de Galilea, ellos dejaron “al instante” sus quehaceres y lo siguieron (Mateo 4:19-22). ¿Cuál de éstos soy yo?
Finalmente, vemos que, primeramente significa “orden de importancia”. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas y con todo el corazón, alma, mente, y fuerzas. Y nuestro trato para con el prójimo debe ser como queremos que nos traten a nosotros (Marcos 12:30-31; Mateo 7:12).
Como alumno en la escuela, yo aprendí que los pronombres personales se clasifican en tres personas: La primera persona es YO; la segunda es TÚ; la tercera es ÉL. Pero, en la escuela del reino de Dios aprendemos que la primera persona es ÉL (Dios); la segunda persona es TÚ; y la tercera persona es YO.
Con todos estos puntos que vimos, ¿qué podemos concluir? En primer lugar, vemos la perspectiva de Jesús en relación con nuestros tesoros y bienes materiales. Notamos que antes de poder discernir debidamente la buena mayordomía respecto a lo material, es fundamental asegurarnos de que nuestra perspectiva esté en armonía con el enfoque en Jesús. De lo contrario, en vano procuraremos hallar las respuestas a los retos y dilemas que enfrentamos como seguidores de Cristo en cuanto a lo material.
¿Mi corazón busca la recompensa de quién: ¿la de los hombres o la de Dios? ¿Dónde está puesto mi corazón: ¿en la tierra o en el cielo? ¿Cuál es el producto que sale de mi corazón: ¿lo bueno o lo malo? ¿Quién es señor de mi corazón: ¿Dios o Mamón?
¿Qué busco como primero en mi vida: ¿la “comida y bebida” o el “reino de Dios y su justicia”?
Tesoros en el cielo, reglas del reino de Dios
¿Por qué Jesús, cuando vino al mundo, no se esforzó por combatir las injusticias sociales respaldadas por la cultura de aquella época? La situación cultural y política era muy difícil para el seguidor de Jesús. Sin embargo, no vemos a Jesús oponiéndose a los gobernantes y a los reyes por las crueldades que cometían.
Tampoco luchó en contra de las diversas clases sociales que eran causa de opresión para los pobres. De hecho, su ministerio fue más efectivo entre los pobres que entre los ricos. (Véase Santiago 2:5; Lucas 4:18.)
¿Podrías imaginarte a Jesús dirigiendo un comité de prestamistas para promover el desarrollo de pequeñas y grandes empresas? En qué momento dedicó tiempo para impartir cursos de economía y administración del dinero con el objetivo de superar el problema de la pobreza?
Jesús sí se compadecía de los enfermos, los cojos, los mancos, y los ciegos. Él los sanaba. Liberaba a los endemoniados y se compadecía de las viudas y recibía a los niños. Sin embargo, la solución a los problemas sociopolíticos y económicos de su tiempo no fueron parte de su agenda.
Jesús también alimentó de forma milagrosa a las multitudes en algunas ocasiones. Pero, lo hizo porque, en determinados momentos, sintió compasión por ellas. Después, cuando algunos le pidieron que siguiera con el programa de “pan para todos” (Juan 6:34), él no accedió, sino que les señaló el pan espiritual que proviene del cielo. Tampoco siguió produciendo pescas milagrosas, algo que podría
haberse convertido en un negocio muy lucrativo para los discípulos. En lugar de eso, llamó a los pescadores a seguirlo a dedicarse a la pesca espiritual de hombres. Tampoco vemos a Jesús dedicando tiempo a enseñar métodos para obtener mayores ganancias de la pesca. ¿Puedes imaginarte a Jesús enseñando a los pescadores estrategias “aceptables” de mercadeo para competir con mayor éxito contra otros de su mismo oficio?
Jesús sí utilizó muchas veces ejemplos relacionados con el uso del dinero y otros asuntos materiales. Habló del rico que se creía ser dueño del día de mañana (Lucas 12:13-21), de los siervos encargados de producir ganancias con los talentos (Mateo 25:14-30), del salario que algunos obreros consideraron “injusto” (Mateo 20:1-16), del hombre que maltrató a su compañero porque éste no podía pagarle la deuda que tenía con él (Mateo 18:23-35), entre muchos ejemplos más. Sin embargo, en todos estos casos, Jesús usaba estas historias como ilustraciones para enseñar verdades acerca del reino de Dios. En ningún caso se enfocó en enseñar métodos para obtener mayores ganancias materiales ni en presentar soluciones a los problemas socioeconómicos.
Según las reglas del negocio y la economía de este mundo, Jesús probablemente no habría sido considerado un buen economista. Si se le hubiera preguntado cuál es la mejor inversión para nuestro capital, lo más seguro es que habría contestado que diéramos limosna. (Véase Mateo 19:21; Lucas 12:33-34.) Cuando un hombre le rogó que interviniera para que su hermano le diese la parte que le correspondía de la herencia, Jesús lo reprendió y preguntó si acaso él había sido constituido juez o repartidor de bienes (Lucas 12:13-14). En otra ocasión, no mostró preocupación por el “desperdicio” del perfume de nardo puro que se hubiera podido vender a un precio muy alto (Juan 12:2-8). Incluso, el mismo tesorero del grupo de discípulos era ladrón y sustraía dinero de la bolsa (Juan 12:6).
¿Significa esto que no importa si somos descuidados o irresponsables con las cosas materiales? De ninguna manera. Dios nos ha dado los recursos naturales para nuestro beneficio, y debemos administrarlos con responsabilidad. Pero, tanto las enseñanzas como el ejemplo de Jesús muestran claramente que nuestro enfoque principal debe estar en las cosas del reino de los cielos y no en las de la tierra. Debemos buscar primeramente el reino de Dios y su justicia en toda nuestra manera de vivir. Debemos estar dispuestos a sufrir pérdidas económicas antes que comprometer los principios del reino de Dios. Asimismo, debemos mirar de reojo las obligaciones y los compromisos económicos que dificultan nuestra disposición para responder al llamado de Dios.
Guías para el uso de las cosas materiales
Ya sabemos que Dios nos ha dado todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos (1 Timoteo 6:17). Cuando completó la creación, vio que todo “era bueno en gran manera”. Además, le dijo al hombre: “He aquí que os he dado toda planta … todo árbol en que hay fruto” (Génesis 1:29). También se nos recuerda que “Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hechos 17:25). Pero…
Como dice el cántico que escribió Moisés en Deuteronomio, capítulo 32, existen peligros y trampas relacionados con estas mismas cosas. Si perdemos de vista la perspectiva de Jesús y permitimos que nuestro corazón vuelva a aferrarse a lo terrenal, de seguro caeremos en “codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Timoteo 6:9).
A continuación quiero resumir algunos principios del Nuevo Testamento relacionados con el uso de los bienes materiales, basados en las enseñanzas de Jesús.
La apariencia del nivel socioeconómico
El apóstol Pablo en 1 Corintios 7:29-31 aconseja que “los que… compran [sean] como si no poseyesen, y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa”. La palabra “apariencia” se refiere a “lo físico y palpable”. Lo físico y palpable puede ser mío hoy, pero mañana, “¿de quién será?” (Lucas 12:20). Asimismo, Santiago enseña que “el que es rico … pasará como la flor de la hierba” y “se marchitará … en todas sus empresas” (Santiago 1:10-11).
No es una desgracia ser pobre. Como vimos anteriormente: “¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Santiago 2:5). En la época bíblica existía una marcada distinción entre las clases sociales. Había ricos y pobres, y también muchos esclavos. En 1 Corintios 7:20-22, el apóstol Pablo da a entender que ser esclavo no debía considerarse una desgracia y que cada uno debía vivir fielmente en la condición en que había sido llamado. Sin embar9go, también aconseja que si pueden liberarse, que lo procuraran más. De la misma manera, debemos aprender a estar contentos y agradecidos con Dios en la situación económica en que nos encontramos. Pero, si una persona tiene la oportunidad de mejorar su situación de forma honorable y conforme a la voluntad de Dios, puede hacerlo.
Aquí es necesaria una advertencia. Como seres humanos, somos propensos al oportunismo. Esta actitud consiste en aprovechar al máximo cualquier oportunidad de obtener ganancias, llegando incluso a sacrificar principios éticos o convicciones personales para beneficiarse de una aparente “gran oportunidad”. El oportunista ve un negocio o una oportunidad para obtener ganancias y siente un deseo irresistible de aprovecharlo. Incluso podría justificar sus decisiones creyendo que es un talento especial dado por Dios. Puede llegar a convencerse de que cada empresa representa una oportunidad para beneficiar al prójimo y contribuir al reino de Dios.
Sin embargo, debemos examinar cuidadosamente el oportunismo a la luz de las enseñanzas del Nuevo Testamento. ¿Concuerda este espíritu del oportunismo con la regla de Cristo? ¿Proviene ese deseo irresistible de obtener ganancias de un corazón puesto en el cielo o en la tierra? ¿Es compatible con la “piedad acompañada de contentamiento” de la que habla 1 Timoteo 6:6-8? Muchos han caído en la trampa de las “codicias necias y dañosas” a causa del oportunismo (véase 1 Timoteo 6:9).
Las reglas de la ética
En Efesios 4:28 encontramos cuatro reglas de la ética cristiana con las cuales debemos examinarnos. En primer lugar dice: “no hurte”. Esto significa que debemos actuar con justicia y honradez en todos nuestros tratos con el prójimo. Luego, sigue con: “Trabaje … con sus manos”. Esto implica asumir con responsabilidad lo que es mi obligación personal por lo material. Después menciona: “lo que es bueno”. Lo bueno consiste en lo que es moralmente honorable, lo que agrada a Dios, y lo que es beneficioso para el prójimo.
La gracia de dar al necesitado
Finalmente, encontramos nuestro deber de “compartir con el que padece necesidad”. Es decir, además de proveer para las necesidades de nuestro hogar, debemos tener como prioridad compartir de nuestras bendiciones materiales con los necesitados. Un excelente testimonio de esto se encuentra en 2 Corintios 8:3. El apóstol Pablo testifica de que los hermanos de Macedonia “con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas”. Debemos vivir siempre con la actitud de que somos nosotros que estamos en deuda con los demás, y no lo contrario. Yo soy el que debe a otros, no ellos a mí. La deuda del amor hacia el prójimo no se termina de pagar nunca (Romanos 13:8).
El contentamiento
Los ricos deben hacer el bien. También deben ser ricos en buenas obras, dadivosos, y generosos (1 Timoteo 6:18-19). Y cualquiera que sea nuestra situación económica, debemos aprender a estar contentos (Filipenses 4:11; 1 Ti moteo 6:6-8; Hebreos 13:5). El contentamiento es la actitud de estar satisfecho y agradecido con Dios independientemente de nuestras circunstancias. Una regla práctica para cultivar el contentamiento es esta: Debemos comparar nuestra situación económica con la de los que tienen menos que nosotros y no con la de los que tienen más.
La regla de oro
“Ninguno busque su propio bien, sino el del otro” (1 Corintios 10:24). Vivimos en una época en la que la competencia en los negocios es casi inevitable. Sin embargo, si la forma en que administro mi negocio comienza a causar perjuicio o pérdidas económicas a otras personas, debo tomarlo como una señal de advertencia y detenerme para reflexionar. Puede ser una indicación de que he traspasado los límites de la regla de Jesús (Mateo 7:12).
Hay quienes inician un negocio con el noble objetivo de generar empleo y aportar beneficios sociales a la comunidad. Pero a medida que la empresa crece y aumentan las presiones de competencia y las exigencias del mercadeo, es posible perder ese propósito inicial y terminar inmersos en la misma carrera comercial que caracteriza al mundo.
Es hora de hacer un alto en la vida
Un análisis que debemos hacer constantemente en nuestra vida es este: ¿Quién gobierna mi vida? ¿Me dominan mis pasiones de tener cada vez más o tengo yo dominio de ellas? El apóstol Pablo testifica que “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12). Más adelante añade: “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre” (1 Corintios 9:27). ¿Hago yo lo mismo con las exigencias de mis propios deseos? ¿Mantengo mi cuerpo bajo el dominio del Espíritu Santo, o soy esclavo de lo que dicta la carne?
El reto que tenemos por delante es éste: ¿Es posible discernir sabiamente los desafíos y dilemas relacionados con las riquezas o con el deseo de prosperar materialmente sin antes asegurarnos de que nuestra perspectiva esté en armonía con la de Jesús? Intentar hacerlo sería como tratar de mejorar el fruto defectuoso de un árbol sin primero corregir el problema en la raíz y el tronco.
Como cristianos comprometidos con el reino de Dios y su justicia, ¿podemos con conciencia libre cerrar los ojos ante los peligros de las riquezas y esperar no caer en sus trampas? De quién deseo la recompensa: ¿de los hombres o de Dios? Dónde está mi corazón, ¿en la tierra o en el cielo? Quién manda mi vida y las decisiones con respecto a las cosas materiales, ¿Dios o Mamón? Qué está produciendo mi corazón, ¿la envidia, la codicia, la vanagloria, o amor, paz, y contentamiento? Qué tiene prioridad en mi vida, ¿el reino de Dios y su justicia o las cosas que busca el mundo?
Que Dios nos ayude a ver las cosas tal y como Jesús las ve, buscar primeramente el reino de Dios, y hacer tesoros en el cielo.