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Interpretar la Biblia debidamente

Nathan L. Meyers

Publicadora La Merced | Feb 16, 2026

Short Article

El estudio de la Biblia no se limita sólo a los teólogos. Es el privilegio y deleite de todo creyente en Cristo descubrir las verdades, las promesas, y los mandatos que en ella se encuentran.

El estudio de la Biblia es una tarea de todo creyente para toda la vida. Cuanto más crecemos en la vida cristiana, más nos desarrollamos en el entendimiento de las Escrituras. Al mismo tiempo, hay peligros que nos pueden desviar de una sana interpretación de las Escrituras. Como seres humanos, es posible errar e interpretar mal la Palabra de Dios. Analicemos algunos de los peligros:

  • Es posible dar a una porción de Escritura un significado distinto a lo que el escritor, inspirado por el Espíritu Santo, quiso exponer.
  • Es posible adquirir un conocimiento amplio de las Escrituras sin experimentar un encuentro con el autor de la Biblia que es Jesús.
  • Es posible adquirir un conocimiento de Jesús y sus enseñanzas en la Biblia, pero no estar dispuesto a seguirlo en la vida.
  • Existe el peligro de pasar por alto ciertas enseñanzas de la Biblia por temor a sufrir burlas o maltratos de otros.
  • Existe el peligro de torcer las Escrituras según nuestra propia opinión y así engañarnos a nosotros mismos.

Analicemos a continuación algunos principios importantes con respecto a la interpretación de la Biblia que nos ayudan a evitar dichos peligros.

Buscar el significado original

Un fundamento principal para la sana interpretación de la Biblia es averiguar lo que el escritor quiso decir. Los profetas y apóstoles no se comunicaron con palabras sin sentido. Cada uno se expresó en un determinado momento de la historia, dirigiéndose a acontecimientos y circunstancias específicos. Sus mensajes y las ilustraciones que usaron eran pertinentes a la época en que vivían. Por ejemplo, Jesús dijo: “¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!” (Lucas 11:52). ¿Quiénes eran los intérpretes de la ley? Hoy día, los que interpretan las leyes del país son los abogados. Pero Jesús no se refería a personas como tales. Él se refería a un grupo de hombres religiosos de aquella época. Para entender quiénes eran esos hombres, es necesario averiguar el fondo histórico de ellos.

Para estudiar el fondo histórico, nos hacemos las siguientes preguntas: ¿Quién lo dijo? ¿Por qué lo dijo? ¿A quiénes se dirigía? ¿Cuál fue el mensaje que el que habló o escribió quiso comunicar? Una vez que entendemos el trasfondo del mensaje, podemos comprender mejor lo que quiere decir para nosotros hoy.

También es necesario estudiar el significado de las palabras que se usan. ¿Qué significaban para las personas de la época y en el lugar en que se dijeron? ¿Se usaron figurativamente o de forma literal? ¿Qué significado tienen las palabras en contexto del pasaje en que se usaron? ¿Qué significarían en contexto de toda la Biblia? ¿Hay otros pasajes bíblicos que nos ayudan a entender el significado del pasaje que estamos viendo?

Examinar bien el contexto histórico y gramático de un pasaje nos ayuda a mejor interpretarlo tal y como el escritor quiso decir.

Gran parte de la Biblia consiste en un registro de cómo Dios se ha revelado al hombre a través de la historia. Esa revelación aplica a nuestra vida hoy también. No estudiamos la Biblia solamente para entender cómo Dios obró en el pasado, sino también para saber vivir por la gracia de Dios hoy.

Buscar una relación íntima y personal con Cristo

Si no gozamos de una relación íntima con Jesucristo, el estudio de la Biblia básicamente consiste en una investigación filosófica de la historia antigua. La Biblia no es un mero documento de obras antiguas, sino un mensaje vivo y eficaz. Bien sea que Cristo fue un personaje histórico muy importante, también es Señor y Salvador de la iglesia hoy y nos llama a seguirlo por amor. Es imperativo que Jesús sea la fuente y el enfoque principal en nuestra interpretación de las Sagradas Escrituras.

Durante la época de la filosofía racionalista medieval del siglo 17, muchos pastores protestantes redoblaron sus esfuerzos por defender su teología en contra de los que se los oponían. Esto resultó en sermones formales y rígidos centrados en defender sus credos. De esa forma, el cristianismo llegó a reducirse a una mera aceptación intelectual de los credos.

En el año 1708, se levantó en Alemania un concilio de iglesias llamado la Iglesia de los Hermanos. Estos hermanos reconocieron el error del formalismo de aquella época y cambiaron el enfoque. Al igual que los primeros anabaptistas, estas iglesias descubrieron en las Escrituras que la fe en Cristo significa amar la Palabra y obedecerla de corazón. El cristianismo no consiste en un mero conocimiento intelectual, sino en una relación personal con el Señor Jesús. Tal relación efectúa una verdadera transformación en la vida del creyente.

En el Nuevo Testamento, Dios se revela a nosotros por medio de la persona de Jesucristo, no por medio de credos ni declaraciones teológicas. Jesús es la perfecta y plena revelación de Dios a nosotros. Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Jesús reveló la perfecta voluntad de Dios y nos enseñó como debe vivir el cristiano. El Antiguo Testamento fue una preparación para la época del Nuevo Testamento cuando Jesús cumplió la ley y las promesas, e introdujo el Evangelio. Tenía toda la autoridad para decir: “Oísteis que fue dicho… pero yo os digo” (Véase Mateo 5:17-48). El gran amor de Dios para con nosotros se mostró por la muerte de Jesús en la cruz. En realidad, la Biblia no es el máximo fin en sí misma, sino el lente por el cual miramos a Jesús en toda su perfección.

Tener una relación personal con Cristo transforma la vida en una nueva criatura en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17). El testimonio del creyente transformado es como dijo el apóstol Pablo: “vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). La vida cristiana no consiste en un esfuerzo humano por obedecer ciertos mandamientos por medio de rituales religiosos. Se trata más bien de la obediencia gozosa a las leyes de Jesús que transforma el corazón por medio del Espíritu Santo (Romanos 8:1-9). Como seres humanos, tendemos a olvidarnos de la gran importancia de la persona de Jesús en el Nuevo Testamento. Existe el peligro de ver el Evangelio como una ley por excelencia y no como el nuevo pacto en Jesús.

Es un gran error interpretar la Biblia como un documento de declaraciones teológicas y buenos preceptos para una buena vida moral. Es de suma importancia mantener como enfoque principal al Cristo vivo en esa relación personal de amor con él. También recordamos que la vida nueva en Jesús significa obedecer sus mandamientos. Él dijo: “El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:23).

Aprender de Jesús

Cristo quiere que seamos discípulos de él. El discípulo es un alumno que aprende de su maestro. Jesús dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí” (Mateo 11:29). La meta de la interpretación bíblica debe ser aprender a seguir cada día mejor el ejemplo de Jesús y obedecerlo.

Podemos leer la Biblia todos los días, pero si el objetivo no es aprender a seguir más de cerca a Jesús, no estamos en condiciones para interpretar debidamente lo que leemos. Interpretar la Biblia no es meramente una cuestión intelectual, sino un asunto del corazón y de la voluntad personal. Lamentablemente, muchos de los llamados cristianos de hoy día son observadores casuales de Jesús y no lo siguen de todo corazón.

Estar dispuesto a seguir a Cristo y obedecerlo en todo es imperativo para poder interpretar sabiamente las Escrituras. Si no entendemos las enseñanzas de Jesús, la razón quizá no sea por un texto complicado, sino por resistir en el corazón lo que dice. Jesús dijo que el que quiere hacer lo que Dios pide de él, va a conocer la verdad (Juan 7:17).

Es muy beneficioso conocer el mapa de las tierras bíblicas y poder ubicar las ciudades y regiones geográficas. También hay valor en saber el significado de palabras claves en la lengua original en que fue escrita la Biblia. Pero todo el conocimiento que se pueda adquirir de la historia bíblica, la cultura, y las lenguas originales, no tendrá ningún efecto espiritual en nuestra vida si no estamos dispuestos a someternos a la autoridad de la verdad que descubrimos en la Palabra de Dios.

Los primeros anabaptistas después de la Reforma del siglo 16 nos dejaron un buen ejemplo. Ellos declararon que “la disposición de obedecer las palabras de Cristo es un requisito para poder entender el texto”. Así que, a pesar de todos los excelentes métodos que se puedan emplear para interpretar las Escrituras, no serán de ningún beneficio espiritual si la persona no tiene el corazón dispuesto a obedecer las palabras de Jesús en su vida.1

Cargar la cruz y sufrir con Jesús

El compromiso de obedecer las palabras de Jesús puede volverse costoso. Puede ser causa de oposición y sufrimiento. ¿Será que Jesús espera que sigamos sus enseñanzas aun cuando se vuelve costoso o nos causa sufrimiento?

El Nuevo Testamento dice sin rodeos que seguir a Cristo puede ser causa de sufrimiento. Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Jesús sufrió la muerte por medio de la cruz, una de las formas más inhumanas de ejecución que existía. Cuando él llamó a sus discípulos a tomar su cruz y seguirlo a él, era un llamado a sufrir por su causa. El amor que tenemos por Jesús y la disposición de obedecerlo definen nuestra cruz. El testimonio acerca de los creyentes en Apocalipsis 12:11 era: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte”.

¿Hay razón en decir que cargar la cruz es un principio para interpretar debidamente la Palabra de Dios? Sin duda, la hay. Sin embargo, cuando consideramos que la tendencia humana es buscar el camino más fácil, la tentación existe de buscar la interpretación que nos sea más fácil y que evite el sufrimiento.

Sufrir como resultado de nuestra interpretación bíblica en sí no asegura de que hayamos alcanzado la interpretación correcta. Por ejemplo, las palabras de Jesús en Mateo 5:29 no se deben interpretar que sacándose un ojo se resuelve el problema del pecado. Si examinamos bien el contexto del pasaje, podemos ver la verdadera intención de Jesús cuando se expresó de esta forma.

Al interpretar algún pasaje del Nuevo Testamento, es imperativo que evitemos cualquier pretexto para no obedecer lo que dice. Si seguir a Jesús exige un sacrificio significante de mi dinero o si es causa de que otros hablen mal de mí, debo siempre estar dispuesto a llevar la cruz. Existe el peligro de dirigirnos más por nuestro deseo de vivir una vida fácil que por el afán de interpretar debidamente lo que la Biblia dice.

En Lucas 10:29, el significado que el intérprete de la ley dio a la palabra prójimo, fue condicionado por su afán de no tener que amar a ciertas personas. Jesús le respondió con una parábola para enseñarle que el mandato de Dios de amar al prójimo incluye a todos sin prejuicios ni acepción de personas. Es tan fácil justificarnos de alguna manera por no amar al que no deseamos amar.

Como seguidores de Cristo, no podemos escoger cuáles mandamientos, cuáles enseñanzas, o cuáles principios del Nuevo Testamento son para nosotros hoy. Más bien, debemos considerar como un privilegio y obligación el obedecer a nuestro a Señor y Maestro. Debemos recibir la cruz de Cristo con buena voluntad, y con gozo y paciencia. No debemos permitir que nuestras imaginaciones y preferencias nos influyan sin la ayuda de la influencia divina. Cuando sentimos pesada la cruz, no debemos tratar de despojarnos de ella y buscar una más liviana y fácil. Como cristianos no tenemos la opción de descartar alguna enseñanza de Jesús porque no nos gusta o porque no estamos de acuerdo.

La persona que está dispuesta a llevar su cruz considera la pregunta: ¿A quién debo obedecer cuando otra autoridad me pide hacer algo contrario a la ley de Cristo? Cuando los apóstoles fueron amenazados por los líderes religiosos de Jerusalén, respondieron así: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Para el cristiano, las enseñanzas de Jesús son la autoridad absoluta y no lo que el hombre dicta, ni lo que opina el público.

No debemos agregar a las Escrituras o quitar de ellas

El Nuevo Testamento es la eterna e inmutable revelación de Cristo, y por eso tiene el respaldo de la autoridad divina. Las mismas Escrituras afirman que las enseñanzas de Jesús son concluyentes y completas. Nos advierten que no descuidemos lo que él ha mandado (Hebreos 1:2; 2:1-3). No se puede agregar a las Escrituras, quitar de ellas, ni alterarlas sin incurrir en serias consecuencias (Apocalipsis 22:18-19).

Sabemos que no debemos agregar a la Palabra de Dios ni quitar de ella. Pero existen maneras engañosas en que se hace sin que las personas deliberadamente tengan la intención de hacerlo. Por ejemplo, es posible que la iglesia agregue a las Escrituras ideas o tradiciones de hombres y que las eleve al mismo nivel de las Escrituras. Por otro lado, también es posible restarle importancia a ciertas enseñanzas que Cristo le dio a la iglesia, diciendo que ya no afectan a nuestra época.

Un ejemplo de agregar a la interpretación de las Escrituras se encuentra en la historia de la iglesia primitiva. En el cuarto siglo, Constantino, el emperador romano, permitió el cristianismo. La iglesia se encontró con un nuevo poder y prestigio en el mundo. Con esa nueva alianza, el gobierno aun estaba dispuesto a usar la fuerza en defensa de la iglesia. Un teólogo del siglo cinco, en defensa de esto, dijo que ahora que el cristianismo dominaba las religiones y que ese hecho le daba una fuerza adicional, “se debe hacer obligatorio el unirse a esa fiesta de salvación eterna”2. El uso de la fuerza para obligar a las personas a convertirse al cristianismo es una violación directa de las enseñanzas de Cristo. El Nuevo Testamento no admite ninguna “fuerza adicional” a lo que Cristo dio a la iglesia.

Otros errores

Algunos creen erróneamente que Dios hasta el día de hoy sigue manifestando nuevas y distintas revelaciones de su voluntad a la iglesia. Esta idea no tiene ningún apoyo en la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento es la máxima y final revelación de Dios para nuestra fe y práctica. Uno de los últimos mandamientos que Jesús dio a sus discípulos antes de su ascensión fue que debían ir a todo el mundo y enseñar a todas las naciones todas las cosas que él había mandado (Mateo 28:19-20).

Otro error que se comete en la interpretación de la Biblia es decir que cierta enseñanza del Nuevo Testamento se trata de una costumbre cultural del primer siglo, y que no es para nosotros hoy. Cuando las enseñanzas de Jesús chocan con las costumbres culturales, existe la tentación de desechar la enseñanza como algo no relevante. Es el deber de la iglesia guardar con celo las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles.

En Romanos 12:2 nos advierte del peligro de distorsionar la interpretación de las Escrituras. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

El pueblo de Dios ha enfrentado a través de los siglos el peligro del sincretismo. El sincretismo es la mezcla de las verdades de la Palabra de Dios y las creencias y prácticas del mundo impío. Un ejemplo de esto lo encontramos en 2 Reyes 17:24-33. Este pasaje describe cómo la gente de Samaria temía a Dios mientras a la misma vez servían a sus propios dioses.

Otro ejemplo del sincretismo se encuentra en 1 Reyes 12:26-33. Después de que Jeroboam se había rebelado contra Roboam, rey de Judá, él tuvo temor de que su pueblo volvería a someterse a Roboam si continuara con la práctica de ir a Jerusalén para adorar a Dios. Así que, Jeroboam hizo dos becerros de oro, los colocó en dos de las ciudades de Israel, e instruyó al pueblo a rendirles culto. Jeroboam mezcló algunas de las prácticas de adoración de la ley de Moisés con la adoración pagana. Dios juzgó a Jeroboam por este pecado.

Si la conducta, los valores, y el estilo de vida del cristiano no son distintos a los del mundo, está interpretando mal la Biblia. Jesús enseñó claramente que él vino a establecer un reino distinto a los reinos del mundo (Juan 18:36). A los cristianos los describe como “extranjeros y peregrinos” en un país extranjero cuya ciudadanía está en el cielo (1 Pedro 2:11; Filipenses 3:20). Los hijos de Dios deben andar “como hijos de luz”, y no participar “en las obras infructuosas de las tinieblas” (Efesios 5:8-11).

En el año 1982, Juan Stot, anglicano, advirtió que la televisión tiene el potencial de causar una desorientación moral. Hoy día, esta misma advertencia es aplicable al uso del teléfono inteligente. Él escribió: “Bajo la impresión de que todo el mundo lo hace, y que de todos modos casi nadie cree mucho en Dios, y que no hay absolutos respecto a lo que es verdad o bueno, bajamos nuestras defensas y los valores se alteran imperceptiblemente. Empezamos a creer que la violencia física (cuando nos provocan), la promiscuidad sexual (cuando se nos apetece la pasión), y al consumismo desmedido (rienda suelta al antojo) son comportamientos aceptables… Pero hemos sido engañados.”3

Las novelas en la televisión son más que un entretenimiento. Imponen ideales y normas de conducta sobre el televidente. Las letras de las canciones mundanas se apegan a la mente e influyen mucho en nuestra manera de pensar. Los medios de comunicación y las redes sociales tienen el potencial de ejercer una influencia increíble en el público respecto a su perspectiva de ciertos asuntos.

Los medios de comunicación también promueven su propia ideología en sus presentaciones de eventos. En las publicidades se anuncian los productos de manera que las personas sientan el deseo o la necesidad de obtenerlas.

Estas son influencias que afectan negativamente la moral de la persona. Es posible que la mente saturada de estas influencias ni siquiera note que la Biblia enseña algo muy distinto.

En resumen, ¿cómo podemos interpretar la Biblia de manera que le agrade a Dios? ¿Qué podemos hacer para que la mentalidad del mundo no distorsione nuestra interpretación de la Biblia? Es necesario constantemente volver a las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles, y examinar nuestras creencias y prácticas para ver si concuerdan con las enseñanzas del Nuevo Testamento. Cuando notamos que el cristianismo a nuestro alrededor no concuerda con las enseñanzas del Nuevo Testamento, volvamos a los ejemplos de los primeros cristianos. Sigamos el ejemplo de la gente de Berea cuando el apóstol Pablo les anunció las nuevas enseñanzas del Evangelio. Ellos escudriñaron “cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Hagamos lo mismo.

* * * * *

1. Walter Klassen, “Anabaptist Hermeneutics: Presuppositions, Principles and Practice,” in Willard Swartley, ed. Essays on Biblical Interpretation: Anabaptist-Mennonite Perspectives (Elkhart, Ind,: Institute of Mennonite Studies, 1984), 6.

2. Augustine, Letters of St. Augustin 173.10. (The Nicene and Post-Nicene Fathers, ed. Philip Schaff [1886-1889, rept. Peabody, Mass.: Hendrickson Publishers, 1995], 1/1:547).

3. John R. W. Stott, Between Two Worlds (Grand Rapids, Mich,: Erdmans, 1982), 73.

De: La Antorcha de la Verdad

Chache

Resous yo

Kreyòl Ayisyen

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